Una verdad incómoda que Occidente se niega a aceptar: Hamás lo toma por tonto

26/Ago/2025

El Observador Argentina- por Nicolás Krapf (Analista en Seguridad)

En el corazón de Oriente Medio existe una verdad incómoda que gran parte del mundo libre se resiste a decir en voz alta: con Hamás no hay acuerdo duradero posible. Y no es porque Israel no lo desee, ni porque escaseen las mesas de diálogo o los mediadores internacionales. Es porque al otro lado de la mesa no existe un interlocutor político racional

Lo que encontramos es una organización cuyo pacto fundacional proclama la guerra perpetua, cuya doctrina convierte la paz en un pecado, y cuya supervivencia, y conveniencia, depende de mantener el conflicto a cualquier precio.

A muchos diplomáticos europeos y dirigentes progres les cuesta aceptar esta realidad. Se aferran al reflejo de siempre: convocar conferencias, redactar resoluciones, presionar a Israel para que «se contenga». Pero la lógica occidental de la negociación choca de frente contra el muro teológico e ideológico de Hamás. En ese choque, se diluyen los minutos que pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte para los rehenes aún vivos que hace 684 días viven un infierno en los túneles de Gaza; se prolonga el sufrimiento de quienes no pueden despedir a sus seres queridos como se merecen; e Israel, la parte atacada, termina cargando con la responsabilidad de sostener la vida allí donde Hamás la desprecia.

Una ideología que no deja margen

Para entender por qué con Hamás no puede haber paz, basta con leer sus propios documentos fundacionales. En su Pacto Fundacional de 1988, Hamás no deja lugar a dudas: «Palestina es un territorio Waqf islámico consagrado a las generaciones musulmanas hasta el Día del Juicio», por lo que ninguna persona, gobierno u organismo tiene derecho a ceder ni una pulgada de esa tierra. Esta visión teológica explica la intransigencia absoluta de Hamás a la hora de negociar territorios: renunciar a cualquier territorio equivaldría, para ellos, a traicionar un mandato divino.

La carta fundacional además cita un hadiz sangriento que propagandea las intenciones genocidas de la organización terrorista: «El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos y los maten; hasta que incluso las piedras y los árboles delaten a los judíos escondidos». ¿Cómo se supone que se negocia con alguien que inserta en su constitución una profecía de exterminio?

En 2017, Hamás intentó maquillar su imagen con un nuevo documento político. Muchos en Occidente respiraron, ingenuos, con cierto alivio al creer ver un atisbo de moderación. Error. Aquel texto no reconoce a Israel ni un centímetro más de lo que lo hacía el de 1988. De hecho, acepta la frontera de 1967 únicamente como un paso táctico, nunca como una solución definitiva. A esto, en la tradición islámica radical, se le llama hudna: una tregua. En esa concepción, la tregua no es paz, sino apenas una pausa: un alto para rearmarse, reagruparse y volver a atacar. Y así lo han hecho, una y otra vez, desde el año 628 de la era común, cuando Mahoma firmó la hudna de Hudaybiyyah, que rompió dos años después para conquistar La Meca.

Tal como ocurre en la ideología del fundamentalismo chiíta, que sostiene que todo lo que hizo el profeta Mahoma es perfecto, para Hamás negociar no es una alternativa a la guerra, sino parte misma de la guerra. El acuerdo no es un fin, es un medio. La paz verdadera sería, para ellos, una traición teológica. En ese punto queda clausurado cualquier camino serio hacia un entendimiento duradero.

Ignorancia Occidental

El término árabe jahiliyya significa «ignorancia». Tradicionalmente se utilizaba para describir la época preislámica cuando, según la teología islámica, los árabes vivían sin la guía de la revelación divina. En el siglo XX, este concepto fue resignificado por ideólogos islamistas como Sayyid Qutb, un referente intelectual de la Hermandad Musulmana, para criticar la influencia de Occidente en el mundo islámico. Qutb decía que los musulmanes de su época habían caído en una «nueva jahiliyya», dominada por el secularismo, el materialismo y los valores occidentales, desviándose así del Islam auténtico.

Desde esta perspectiva radical, cualquier sistema político o social que no esté regido estrictamente por la sharía islámica es considerado pagano o ignorante. Qutb culpaba explícitamente a la influencia occidental de la decadencia moral y política de las sociedades musulmanas, e instaba a «limpiar cualquier vestigio occidental» mediante la yihad para restaurar un califato islámico regido por la ley divina.

Esta oposición frontal entre Islam y Occidente, concebido este último como sinónimo de decadencia espiritual, impregnó la ideología de muchos movimientos islamistas. En el caso de Hamás, heredero de la Hermandad Musulmana, subyace igualmente la idea de que los valores del mundo libre (laicismo, liberalismo, ética judeocristiana) son influencias corruptoras que remiten a la jahiliyya preislámica. De hecho, Hamás rechaza por principio las conferencias de paz internacionales y las soluciones «impuestas» por potencias no musulmanas, a las que ve como intentos de «instalar a los infieles en la tierra de los musulmanes».

Quiero ser lo más gráfico posible. Para un fundamentalista chiíta simpatizante de Hamás, robarle a un musulmán es un delito por el cual le cortarían la mano, pero robarle a alguien de otro pueblo es posible. Mentirse entre ellos está mal, pero mentirle a un foráneo si le sirve al movimiento está bien (tómese especial conciencia de este último punto en los reductos de los fundamentalistas del diálogo a cualquier costo en Occidente).

En resumen, nos encontramos ante un choque evidente de cosmovisiones: para Hamás, la modernidad occidental representa una amenaza a la identidad islámica que debe ser combatida; mientras tanto, sectores mayoritarios del islam suní han buscado maneras de conciliar su fe con ciertos valores universales contemporáneos.

Mentir es más barato que luchar

Hamás no necesita ganar combates militares para avanzar su causa; le basta con ganar la narrativa. Y para eso recurre sistemáticamente a la desinformación.

Vivimos en un ecosistema donde la falsedad circula más rápido que la verdad. Un estudio del MIT demostró que en redes sociales las fake news se repostean un 70% más que las verdaderas. Cass Sunstein describió las «cascadas de disponibilidad»: fenómenos en los que una historia que apela a la emocionalidad se repite tanto que termina por aceptarse como verdad social, aunque los hechos digan lo contrario.

Tomemos un ejemplo claro: la explosión en el hospital Al-Ahli, en octubre de 2023. Apenas ocurrió, Hamás acusó a Israel, y los principales diarios del mundo titularon en consecuencia. Horas más tarde, se comprobó que la causa fue un misil de la Yihad Islámica tirado desde Gaza que falló; incluso Joe Biden respaldó públicamente esa versión. Pero ya era tarde: las protestas incendiarias en las capitales europeas ya se habían puesto en marcha; Israel ya había sido demonizado, y Hamás lo sabía. No necesitaba tener razón, solo necesitaba ganar tiempo y sembrar sospechas.

¿Les suena esta modalidad? Sucede a diario, precisamente por la efectividad de esa estrategia. No por nada, hasta The New York Times y la misma BBC han llegado a dedicar artículos enteros a un burdo montaje fotográfico que mostraba falsas víctimas de una hambruna que no tiene correlato ni en los números de ayuda humanitaria, ni en la adiposidad abdominal que se nota en un número no menor de los terroristas cada vez que salen en fotos. En esa vorágine de mentiras, Hamás toma al mundo por ingenuo.

Ayuda Humanitaria

Si Hamás fracasó y mostró las cartas en algo como actor político, es sobre todo en la gestión de su propio pueblo. Desde que tomó el poder en Gaza en 2007, no ha construido un sistema de salud eficiente ni una infraestructura civil sostenible. Pero sí ha invertido miles de millones en túneles, arsenales y propaganda.

Y ese vacío lo cubre, paradójicamente, Israel. Mientras Hamás esconde combustible en sus túneles, Israel coordina el ingreso diario de cientos de camiones con agua, alimentos y medicinas a Gaza. Ha habido jornadas en que más de 170 camiones con suministros entraron gracias al trabajo conjunto del Ejército de Defensa de Israel y la Gaza Humanitarian Foundation. En la primera semana de agosto, en plena guerra, se enviaron 1.300 camiones de ayuda humanitaria, a los que se sumaron 1.200 paquetes adicionales enviados mediante operaciones aéreas.

COGAT, el organismo de coordinación civil israelí, publica las cifras: decenas de miles de camiones desde octubre de 2023, y cientos de miles de toneladas de insumos entregados. Nada de esto existió en Mosul durante la campaña contra ISIS, ni en Aleppo durante la guerra de Siria. Pero acá sí. Es un hecho sin parangón: el Estado atacado está garantizando la supervivencia de la población y la milicia del régimen que lo atacó.

Israel, además, usa métodos para advertir a los civiles antes de atacar: llamadas telefónicas, panfleteos, mensajes de texto. Sus pilotos incluso abortan misiones al detectar civiles en la zona. Todo esto mientras Hamás obliga a familias enteras a quedarse en edificios marcados como blancos, para luego usar sus muertes como propaganda.

El mundo necesita una dosis de realismo y de honestidad intelectual. No hay paz posible con Hamás. No por falta de voluntad de Israel, sino porque Hamás no reconoce la paz como una opción válida. Su teología la prohíbe, su doctrina y política la niegan, y su práctica lo confirma.

Ahí están los intentos de paz: Camp David en 1978 y en 2000, la propuesta de Clinton en 2001, la de Olmert en 2008, la de Kerry en 2014… Todos procesos que pudieron haberle dado a los palestinos un Estado soberano y que su dirigencia rechazó.

Queda claro que el futuro en la Franja de Gaza solo será posible cuando se cumplan dos condiciones fundamentales. Primero, de manera indiscutible: que todos los rehenes, los vivos y los que ya no están con vida, sean devueltos a casa lo antes posible. Segundo, y de forma innegociable (al menos en opinión de quien escribe): que Hamás sea derrotado y desarmado, y que se apuntale el surgimiento de liderazgos palestinos que elijan la vida y la convivencia pacífica por encima de la muerte. Hasta entonces, cualquier reconocimiento prematuro o cualquier diplomacia ingenua no hará más que reforzar al terrorismo.